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viernes, 14 de julio de 2023

¿Qué pasaría si nadie pudiese dormir?

Esta distopía de Karen Russell teoriza sobre esta inquietante epidemia
MARTA REBÓN

Actualizado Martes, 11 julio 2023 - 11:46

Una de las características de las obras distópicas es el uso de mayúsculas para designar una nueva realidad. Karen Russell (Miami, 1980) hace lo propio en Donantes de sueño, cuando imagina una epidemia de insomnio en Estados Unidos que acabará por convertirse en pandemia cuando se detecten casos en China.


Donantes de sueño
Karen Russell

Así tenemos las "Campañas del Sueño", con que se captan donantes del bien más preciado y las "Brigadas Duermevela", que al volante de los "Furgones de Sueño" son quienes se ocupan de la extracción. También van en mayúscula los antros a los que acuden los insomnes, "Mundos Nocturnos", donde consumir productos del mercado negro para mantenerse en vilo por miedo a las pesadillas o las "Zonas Solares", núcleos urbanos con enormes tasas de insomnio.

No se sabe el origen de este déficit de fase REM, pero intuimos que es la evolución lógica de un malestar global de sobra estudiado: dormimos menos y peor, el consumo de somníferos se ha disparado y la sobreexposición a la luz azul de las pantallas ha hecho mella en el descanso de los adolescentes. La autora imagina el momento en que todo esto se va de las manos. Un sueño poco reparador sostenido en el tiempo acelera el deterioro cognitivo. Recordemos: la "peste de insomnio" que se sufre en Macondo tiene "una inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido".

Aquí la anemia onírica extrema es mortal, de modo que todas las esperanzas se depositan en que los laboratorios consigan sintetizar sueño. Entretanto, las Brigadas lo extraen de quienes aún tienen un dormir placentero, sin pesadillas, para hacer transfusiones a los insomnes crónicos u "orexines". Una distopía no sería tal sin neologismos.

En novelas como esta todo se juega a que la tesis inicial encuentre su coherencia interna, que los retos de un mundo sin X o con exceso de Y provoque una cascada de reflexiones sobre su presente al lector. Al fin y al cabo -y como se vio en la pandemia-, todo gira en torno a la solidaridad y la corrupción, a la resistencia y los valores, al miedo irracional y las teorías conspirativas.

Todo está aquí, explicado en primera persona por una "Captadora" cuyo gran éxito ha sido encontrar a un donante universal, la "Bebé A". Como no hay distopía sin historia personal que funcione, Dora, la protagonista, es una "hemofílica de la pena". Su hermana murió de insomnio terminal y eso la convirtió en una Captadora entregada a la causa que explota su tristeza para convencer a nuevos donantes, algo que le pasará factura psicológica.

Russell es hábil haciendo encajar todas las fichas de un futuro que se antoja posible. No sobrecarga el texto con jerga científica ni ahonda en la interesante historia cultural del dormir. El resultado es correcto, pero no contagia la pesadilla de las noches en blanco.


LAS IDEAS Cultura y pensamiento
Vida, verdad, religión... la enmienda de Ortega

El nacimiento de 'Revista de Occidente' coincide con la publicación de 'El tema de nuestro tiempo', en el que cuestiona la herencia filosófica del siglo XIX
José Ortega y Gasset, en 1922.Fundación Ortega-Marañón

Con el tiempo, algunas de las presuntas debilidades de José Ortega y Gasset (Madrid, 1883-1955) se han convertido en virtudes, por ejemplo esa profesión de claridad que él mismo definió como "la cortesía del filósofo" y a la que se veía obligado por la necesidad de exponer sus teorías en los periódicos y en un país sin una sólida tradición en su disciplina. De ahí que su titánico esfuerzo por modernizar España en todos los órdenes e incardinar la nación en la genealogía europea fuera indisociable de su tarea como editor, cuyo alcance, aún no del todo asumido, corre parejo a la evolución de su propia filosofía, que fue incorporando y discutiendo todo aquello que daba a conocer por medio de la traducción en sus distintas empresas culturales. No es casual, por tanto, que el centenario de Revista de Occidente coincida con el de El tema de nuestro tiempo, uno de sus ensayos más significativos y programáticos.

A la altura de 1923, Ortega ya había madurado buena parte de sus propósitos filosóficos, que consistían a la vez en una emancipación sin matices de la escolástica propia del catolicismo y en una superación de los presupuestos del neokantismo en el que se había educado, bajo el magisterio de Hermann Cohen, en Alemania. Eso suponía a un tiempo reaccionar contra la inercia antimoderna de su país y aprovechar el impulso para denunciar el punto muerto en el que se hallaba la propia modernidad.

Su idea seminal, expuesta en Meditaciones del Quijote (1914), de que el hombre es indisociable de su circunstancia puesto que el sujeto no puede separarse de su mundo, a la manera de los dii consentes, los dioses unánimes de la Antigüedad que nacían y morían juntos, le llevó a desplegar una poderosa meditación en torno a la vida, que si bien se puede considerar deudora de la Lebensphilosophie que en el siglo anterior había reunido a Schopenhauer, Nietzsche, Dilthey o Bergson, adquirió en su voz un timbre genuino y revolucionario que hoy suena además con una autenticidad renovada.

Discutiendo a Einstein

Nacido como una lección universitaria de Filosofía que Ortega impartió en 1921, este libro incluye, además, tres ensayos, en forma de apéndices. El más querido por el filósofo era 'El sentido histórico de la teoría de Einstein', sobre el que afirmó: "Presenta brevemente una interpretación filosófica del sentido general latente en la teoría física de Einstein. Creo que, por vez primera, se subraya aquí cierto carácter ideológico que lleva en sí esta teoría y contradice las interpretaciones que solían dársele hasta ahora"

Ortega denunció muy pronto las limitaciones tanto del subjetivismo como del idealismo y el positivismo. El tema de nuestro tiempo, con el énfasis en el presente, es una enmienda a la herencia del XIX y, en primer lugar, al vaciamiento de la vida en favor de la producción y el trabajo. Hay que recordar que buena parte de la generación finisecular -la de Ernest Renan, por ejemplo- murió convencida de que el siglo XX iba a ser algo así como el cumplimiento de la utopía científica, un paraíso de la razón y la técnica. Ortega se hizo cargo de esa ingenuidad -que se repitió a finales del XX y es en parte la causa de algunas de nuestras actuales perplejidades- y quiso reformular el objeto de la filosofía y delimitar su alcance, que siempre relativizó, subrayando la problemática historicidad del concepto de verdad.
LA VIDA COMO VALOR MÁXIMO

Interesado por la axiología al menos desde 1918, Ortega, en la estela de Max Scheler o Heinrich Rickert -filósofos que mandó traducir en Revista de Occidente-, se propuso restaurar la relación entre valor y ser. Con una intensidad parecida a la que Rilke -poeta también traducido en la revista- había demostrado por aquella misma época en sus Elegías de Duino, Ortega dictaminó que la vida, que se había ido reduciendo a un mero atributo de la praxis, constituía el valor máximo, libre de cualquier otra determinación, un gesto que entonces entrañaba una absoluta radicalidad, sobre todo en España, un país dominado por el sentimiento trágico y el culto a la muerte del cristianismo. La operación implicaba tanto una severa crítica del racionalismo como una restitución de la funciones de la razón dentro de un fenómeno más amplio, la Erlebnis o vivencia, que nos obligaba analizar la condición humana a la luz irreductible de la experiencia: "La razón no es capaz de manejar las cualidades. Un color no puede ser pensado, no puede ser definido. Tiene que ser visto y si queremos hablar de él tenemos que atenernos a él. Dicho de otra manera: el color es irracional".


¿Cómo avecindar la verdad, que es una e invariable, dentro de la vitalidad humana, que es, por esencia, mudadiza?

Al tiempo que impugnaba el racionalismo y redefinía la razón, Ortega también impugnó el relativismo y reconsideró la subjetividad: "Bajo el nombre de verdad se oculta un problema sumamente dramático. La verdad, al reflejar adecuadamente lo que las cosas son, se obliga a ser una e invariable. Mas la vida humana, en su uniforme desarrollo, es decir, en la historia, ha cambiado constantemente de opinión, consagrando como verdad la que adaptaba en cada caso. ¿Cómo compaginar lo uno con lo otro? ¿Cómo avecindar la verdad, que es una e invariable, dentro de la vitalidad humana, que es, por esencia, mudadiza?".

Ortega propuso la readecuación del concepto griego de zoé -nuestra sujeción animal- con el de bios -nuestra conciencia existencial- sin que la razón nulificara la vida ni la vida cegara la razón. Y es ahí donde su diálogo tenso y constante con la ciencia de su tiempo -la física de Einstein, la biología de Jakob Johann von Uexküll- adquirió una especial vibración. Celebraba y compartía sus méritos, pero no dejaba de recordar su provisionalidad, como hacía con respecto a la propia actividad filosófica.
CULTURA Y RELIGIÓN

Así es como llegó al núcleo de El tema de nuestro tiempo, que expuso un problema irresuelto de la modernidad y de una vigencia indudable. El proceso de secularización que se venía observando más o menos desde el Renacimiento había disociado la cultura de la religión, pero al mismo tiempo había hecho del culturalismo un cristianismo sin Dios: "Los atributos de esta soberana realidad -Bondad, Verdad, Belleza- han sido desarticulados, desmontados de la persona divina y, una vez sueltos, se les ha deificado".

Ortega se adelantó así al diagnóstico de una enfermedad de la cultura que luego ocuparía también a escritores como Robert Musil o Thomas Mann, quien en Doctor Faustus (1947) pondría en boca del diablo la siguiente aseveración: "Desde que la cultura se desprendió de la religión e hizo de sí misma un culto no es otra cosa que un despojo y cinco siglos han bastado para que el mundo se fatigara de ella hasta la saciedad".


El destino de nuestra generación no es ser liberal o reaccionaria, sino precisamente desinteresarse de este anticuado dilema

La cultura, como había pedido Nietzsche, debía volver a comparecer ante Dioniso. Por eso Ortega consideró que era hora de rebelarse contra Sócrates, el primero en someter la vida al servicio de la razón, y reivindicar a Don Juan, el personaje que "se resuelve contra la moral, porque la moral se había antes sublevado contra la vida". Esa idea vuelve a desafiarnos hoy con una intensidad turbadora.


Ortega desarrollaría estas cuestiones a partir de su "segunda navegación" en torno a la razón vital y la razón histórica, pero aquí dibujó un salto existencial de una gran osadía filosófica que no pide más significado que el de la propia alegría del hombre al descubrir su libertad en la posesión de sí mismo. En Ortega ello implicaba también un correctivo político, puesto que su forma de "despensar" incluía también la herencia ideológica. El dictamen del filósofo entonces vuelve a resonar ahora con la misma severidad e idéntica urgencia: "Prefieren servir sin fe bajo unas banderas desteñidas a cumplir el penoso esfuerzo de revisar los principios recibidos. Lo mismo da que sean liberales o reaccionarios: en ambos casos son rezagados. El destino de nuestra generación no es ser liberal o reaccionaria, sino precisamente desinteresarse de este anticuado dilema".