¿Qué toca cenar hoy? Una pregunta simple, pero con mensaje: a la hora del reparto de tareas domésticas en todas las parejas heterosexuales, hasta en las más igualitarias, uno de los dos, y siempre el mismo, ejerce la labor de organizador. Es la CPU de la casa, como definió en su libro 'El segundo turno' la escritora estadounidense Arlie Russell Hochschild, conocida como la fundadora de la sociología de las emociones y una de las primeras en poner sobre la mesa todo lo que acarreaba esa pregunta aparentemente banal.
Porque invariablemente, y salvo honrosas excepciones, esa 'inteligencia artificial' es la de una mujer, a quien supone una cantidad de trabajo 'extra' que puede pesar más que las ocho horas de una jornada laboral; aunque las tareas domésticas estén repartidas de forma equitativa, siempre hay una omnipresente e invisible que la mujer asume casi por defecto: la planificación de todo lo que hay que hacer. En casa y fuera de ella. Decidir qué se cena, qué hay en la nevera, cuándo hacer la compra o poner la lavadora, por citar alguna de las exigencias de la larga lista del día a día, es un trabajo que no requiere esfuerzo físico, pero sí cognitivo. Uno invisible y constante, del que no se descansa y que genera fatiga. Es la carga mental que afecta a un 71% de las mujeres, muy por encima del porcentaje de hombres, sólo un 12%, según un estudio de la multinacional P&G, que afirma también que el 63% de las madres dice tener en mente a diario un listado infinito de cosas por hacer, frente a un 25% de los padres.
¿Por qué estas diferencias? "El rol de género femenino está basado en una mirada colectiva y no individual, en aquello que la filósofa y psicóloga Carol Gilligan definió como la ética del cuidado", explica Maria Olivella, coordinadora de la Unidad de Igualdad de la Universidad Oberta de Cataluña. Y esto conlleva a echarse encima el peso de la logística doméstica.
Una realidad que Allison Daminger, doctora en política social en la Universidad de Harvard, une al techo de cristal; en su estudio 'The Cognitive Dimension of Household Labor' (La dimensión cognitiva del trabajo doméstico) demuestra cómo ese runrún es un lastre con el que no lidian los hombres. ¿Alguno ha pensado durante una reunión de trabajo que está la ropa tendida y llueve?
"Aunque los roles en la familia están cambiando, las mujeres siguen encargándose de la planificación y la toma de decisiones en el hogar, y ello repercute negativamente en su bienestar emocional", asegura el doctor Luis Herrera, director médico de la empresa farmacéutica Schwabe Farma Ibérica. Entre lo que más estresa, planificar las comidas de la semana y la limpieza doméstica, según un reciente estudio de la compañía HelloFresh.

Las consecuencias se manifiestan en el entorno laboral con síntomas físicos -"cansancio constante, dolor de cabeza, falta de apetito, palpitaciones o insomnio", dice Herrera- y psíquicos, desde "la preocupación excesiva a la irritabilidad y un bajo nivel de atención", enumera. Para evitarlo, recomienda "delegar y buscar otros enfoques". Durante la jornada laboral, "hay que saber repartir y delegar la carga de tareas, alternarlas con otras que necesiten menor esfuerzo o hacer pausas cortas y frecuentes. Esto, y establecer relaciones con los compañeros de trabajo, ayudará a prevenir y estimular el bienestar físico", aconseja.
También, aprender a decir no y marcar límites. "Cuando rechazamos tareas liberamos espacio cognitivo, lo que nos permite centrarnos en lo prioritario, procesar mejor la información y reducir el estrés, la carga mental y el riesgo de burnout. Además, mantener cierta coherencia entre lo que pensamos y cómo actuamos hace que seamos menos propensos a estar rumiando nuestros pensamientos y facilita la concentración", afirma Unai Aso, psicólogo de la plataforma Buencoco. No obstante "a la hora de establecer esos límites las mujeres experimentan mayor presión social y culpa, lo que termina impactando, de nuevo, en su salud psíquica; más carga mental", añade Aso, apuntando a la comunicación asertiva como fórmula para iniciarse en esa práctica; "numerosos estudios relacionan una mayor asertividad con niveles más bajos de ansiedad y depresión, mejor autoconcepto y autoestima, más eficacia y mejores resultados en general en la salud mental".
El eje intestino-cerebro
Ésta también está muy relacionada con nuestra alimentación. «El eje intestino-cerebro es una evidencia científica. En el tracto digestivo se secreta el 90% de la seratonina, la hormona de la tranquilidad», explica el nutricionista Pablo Ojeda, que cita los frutos rojos por su aporte de antioxidantes, "especialmente arándanos, frambuesas, fresas, cerezas y moras", como alimentos "maravillosos contra el estrés". También aquellos los vegetales "de hoja verde, muy ricos en vitamina E, y los que contienen triptófano, un aminoácido que se considera el precursor de la felicidad, y que contiene en buena cantidad el plátano», asegura el nutricionista.
Por contra, aquello de recurrir a un dulce, 'porque me lo merezco', para paliar la ansiedad y conseguir la tranquilidad deseada no es más que un bulo. "Todo lo contrario, los alimentos con mucho azúcar ni favorecen la concentración ni acaban con el ruido mental. Es cierto que generan dopamina, pero lo hacen de una forma muy pasajera, con un pico muy rápido. Es una recompensa rapidísima que hace que sigamos comiéndolos sólo por recibir ese estímulo, por eso no podemos parar, como si estuviéramos enganchados. Y eso también nos genera estrés", explica.
Para evitarlo, Ojeda recomienda practicar el mindful eating, "comer de forma consciente para ser capaz de captar las señales que te envía tu cuerpo y saber cuándo se debe parar. Poner el foco en la comida, saborear los alimentos y disfrutar cada bocado, no comer por comer, genera tranquilidad. El estrés y el ruido mental hace que no seamos conscientes de las cantidades que comemos".
Para lograrlo, el nutricionista aconseja seguir la técnica del 80-20. "Es muy sencilla, de lo que pones en el plato comes el 80% y paras 5 o 10 minutos. En ese tiempo tu cerebro conectará con tu estómago y éste le dirá si estás saciado o no, si necesitas seguir comiendo el otro 20% que resta. Si sé que ya no tengo hambre, me será muy fácil parar", explica Pablo Ojeda.
Meditar, herramienta contra la carga mental
Además, la herramienta «fundamental para deshacer la carga mental es la meditación, porque permite entender cómo funciona la mente y enseña a desactivarla», asegura Antonio Jorge Larruy, terapeuta de Espacio Interior. Se trata de «aprender a tomar distancia, lo que produce el descanso y la regeneración necesaria», apunta. Para ello, recomienda meditar todos los días, al menos 20 minutos, nada más despertarse y antes de salir a la acción, para enfrentarse lo mejor posible a lo que nos espera, es como poner los cimientos de la casa que vas a edificar a lo largo del día".
Para iniciarse, lo mejor son las meditaciones guiadas, "si estás en casa, a través de una plataforma online, porque facilitan los tres gestos básicos de una meditación, que corresponden a tres pasos muy simples. El primero, la postura, con la que buscas parar y decir no a la vorágine, la agitación y el ruido mental; experimentar el cuerpo, sentirlo, intentar adentrarte en la pulsión de respirar. El segundo, contemplar, darte cuenta, como una mera constatación de lo aparece, ser testigo de lo que está pasando, sin opinión ni juicio, con una mirada inocente, y dejar que las cosas que están sucediendo, sucedan. Y el tercero, el gesto mismo del corazón, amar eso, acogerlo. Son tres cosas muy sencillas, naturales -estar, ver y amar-, que te conducen a una paz y una mayor tranquilidad", asegura Antonio Jorge Larruy.
gentileza
j. coca
