informacion

“Si encuentras algún contenido en este blog que infrinja tus derechos de autor, por favor contáctame para que pueda corregirlo o eliminarlo”.

domingo, 4 de octubre de 2026

Pliego de descargo

Pliego de descargo, por Fernando Savater

El pasado domingo les hablé de los proscritos, esa gente señalada por otros como indigna de formar parte del mismo grupo. Son los que no piensan lo que hay que pensar respecto a los judíos, los palestinos, los rusos, los ucranianos, etc. En una palabra, sus opiniones humillan al prójimo y hacen sufrir a quienes les rodean. La única forma de no ser candidato a la proscripción es pensar exactamente lo mismo que la mayoría de quienes nos rodean. No es que con esa

unanimidad tengan opiniones más tolerantes o razonables sobre quienes nos rodean, pero por lo menos evitarán las broncas y malos rollos: no estarán de acuerdo en el fondo con los demás, pero al menos no serán piedra de escándalo para nadie. Sin embargo, este conformismo acomodaticio no le deja a uno a gusto consigo mismo. Poder expresar lo que uno piensa de lo que o los que le circundan a uno es sin duda parte de nuestra alegría de vivir. Aunque ese desahogo nos cueste algún desencuentro con los demás…

Claro que tener constantemente motivos de polémica con el prójimo tampoco es plato de gusto. Sobre todo cuando el malestar surge de modo brusco o desagradable. Irse de una compañía que nos repele puede ser una forma de conservar nuestra salud psíquica, siempre que se envuelva con un poco de anestesia cortés o los debidos miramientos. Pero en general, lo mejor que uno debe prodigar a los demás es una indiferencia espolvoreada con purpurina de buena educación. Últimamente he dado bastantes vueltas a cómo resolver la delicada cuestión de mantener las propias ideas sin incurrir en provocación ni arrogancia. Sin duda, lo mejor es no esperar hasta la sorpresa de última hora. Para ello, a todos los que intervienen en un simposio literario o artístico debería pedírseles una especie de curriculum vitae ideológico en el que se detallasen sin reservas ni alharacas todas sus opiniones más discutibles sobre los temas que la moda del momento ha convertido en palestra o campo de Agramante. De modo que después de un breve pero exacto resumen de sus estudios, haciendo hincapié en los temas que manejó con más éxito y en aquellos otros en los que se desenvolvió con menor tino, debe detallar ciertas peculiaridades: por ejemplo, sus diez libros favoritos, las diez películas mejores que ha visto, una sencilla antología de piezas musicales y lo mismo respecto a obras de arte, especialidades gastronómicas, pruebas deportivas, etc.

Preparar un pliego como este puede ser algo fastidioso, pero una vez pergeñado, puede ser utilizado en múltiples ocasiones. Cada concurso en el que uno participe puede recurrir a ese documento con mínimas modificaciones y su utilidad dependerá de la sinceridad con que lo afrontemos. Eso sí, una precaución imprescindible: el pliego no debe ser una lista de trofeos, premios y medallas. No debe servir como marcador de éxitos, sino como volcado de conciencia en asuntos peliagudos. Un jurado debe revisar los pliegos con exigencia y sobre todo con objetividad. Si el jurado cumple como es debido con su función, no habrá razón para que nadie se convierta en proscrito inmerecidamente ni para que se discuta ad infinitum cada caso. Claro que siempre habrá conatos de trifulca entre los miembros del tribunal, por lo que sería bueno inventar algún otro sistema para validar y juzgar a los jurados. Porque a fin de cuentas se trata de prevenir las opiniones personales más conflictivas: darse por enterado de ellas cuando aún puede limitarse el daño, antes de que nos exploten en la cara.

Aquí está precisamente el filo de la navaja que no podemos disimular: en cada uno de nosotros hay un núcleo i-n-a-d-m-i-s-i-b-l-e para los demás (o la mayoría de los otros), hagamos lo que hagamos. Si no hay nada inadmisible en uno, eso quiere decir que uno no es uno, sino todos o cualquiera. Lo dijo Jean Cocteau, hoy no tan recordado como debería: «Si los que te rodean son unánimes en considerar inadmisible tal o cual rasgo tuyo, foméntalo porque eso eres tú».